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'Dieciséis velas' y el encanto

'Dieciséis velas' y el encanto
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La primera película como director de John Hughes fue 'Dieciséis velas' (Sixteen Candles, 1984) con la que conquistó un montón de corazones adolescentes, muchas taquillas y se ganó a pulso el título de padrino de la comedia adolescente. Bien, esto es sabido pero ¿qué tal se ve hoy la película? ¿Qué queda de la odisea de una joven desdichada porque sus padres han olvidado su cumpleaños por culpa de la boda de su hermana mayor?

Queda una comedia muy divertida, pero, de alguna manera, una historia de amor diluida. Hughes es un director con mucha más inventiva que otros cineastas de la época. Basta con ver la introducción para comprobar su estilo: miles de texturas sonoras y visuales, diálogos aboslutamente directos y una galería de personajes caricaturescos.

En ese sentido, Hughes es maestro de muchos cineastas que seguramente con inteligencia han refinado su alto sentido para el gag visual, tempranamente perdido por el género. Es curioso como Wes Anderson debe más a Hughes que a otro cineasta.: como Hughes, sus mundos funcionan mejor cuanto más adolescentes son los parámetros que los rigen y como él, no duda en sacrificar el realismo de una escena si puede inundarla de cualquier pegadiza canción pop.

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Sucede que Hughes nació con vocación comercial y contemporánea en la época donde el cine se llenaba de temazos de Billy Idol o Thomspon Twins, mientras que Anderson, hijo de otro tiempo, es el director de los tiempos de nostalgia. Pero observemos esta estupenda visual.: el letrero de Salida de Emergencia, el empollón en pleno flirteo con la dama y el personaje extraño a un lado. Anderson usa parecidos gags en todas sus películas ¡y solamente el alumno pasa por refinado!

Bien está.: en sus mejores películas, como en 'Academia Rushmore' (Rushmore, 1999) Anderson pone en apuros a los arquetipos y los llena de otro tipo de sentimiento verdadero. Hughes es más desordenado, inmediato, veloz e inacabado. Es por eso que otros hacedores del género se granjearon (merecidamente) la etiqueta de sensbiles.

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Pero Hughes consigue hacer cinematográfico y musical el slang adolescente, sin caer en exagerados costumbrismos. Y por supuesto forzando la emoción verdadera mediante el impulso de algún gran tema musical: nada sabemos de la protagonista, encarnada por la belleza más bien europea de Molly Ringwald, más allá de sus dilemas. Y nada sabemos del guapazo príncipe azul, al que presta rostro Michael Shoeffling, excepto sus sentimientos y su notoriamente caro y espectacular deportivo.

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Es exactamente así de trivial; pero funciona, bien sea porque Hughes no duda en colar miles de gags visuales y sonoros que mantienen animada y vitalista la propuesta, tambén ayuda tener a Anthony Michael Hall ofrecer una divertida reedición de instituto del Alvy Singer de 'Annie Hall' (id, 1977), cargada de hormonas y deshechada de intelectualismo neurótico.

La película se lo permite todo: desde desnudos breves hasta chistes racistas, incluso bienintencionados discursos paternales. Eran otros tiempos, pero Hughes, inconcluso excepto cuando lidió con 'El club de los cinco' (The Breakfast Club, 1985), nunca fue nada más que un tipo como cualquiera de sus empollones: divertido, entretenido, hasta tremendamente ingenioso, pero todo espectáculo y despertar lleno de lagunas.

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