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'El otro lado de la esperanza', la solidaridad de emoción contenida

'El otro lado de la esperanza', la solidaridad de emoción contenida
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Con el Oso de Plata bajo el brazo, el mejor director de la pasada Berlinale, Aki Kaurismäki, vuelve a las carteleras con 'El otro lado de la esperanza' (‘The Other Side of Hope’), una radiografía del posicionamiento del país desde el que firma su obra, Finlandia, sobre la crisis de los refugiados en Europa.

Una particular historia de tantas que sobrevienen nuestras fronteras, desgranada a pinceladas de Kaurismäki, tan pintoresca e inusual como él mismo. El desconcierto del exilio camuflado en la ironía reconocible del director finlandés, una historia de esperanza y desesperanza de inverosímil rareza, pero ciertamente entrañable.

Con la vista puesta en el mar

Seis años le separan de ‘Le Havre’, su anterior producción y primera parte de la trilogía portuaria con la que Aki Kaurismäki se propone poner cara y nombre a la densa nebulosa de cifras y drama detrás del fenómeno migratorio. Con el mar como lugar común, ojos y oídos de todas esas historias dispares, portador de buenas y malas noticias, esa fuente de secretos nos entrega al protagonista de este relato de esperanza, en forma de polizón.

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Cuando el (co)protagonista local abandona la calidez del hogar dejando atrás su alianza entre los restos carbonizados de un cenicero, abocado a la fría noche finlandesa, la otra cara de su moneda, un joven sirio en peregrinación por Europa desde su huida de Alepo, desemboca en el puerto cubierto de hollín. Aunque por diferentes razones, dos personas perdidas buscando su suerte.

El uno en una timba de póker de la que podría salir su sueño, montar un restaurante en el que ahogar las penas de sus compatriotas; el otro, en la lotería de la solicitud de asilo en el país nórdico. Una historia sin héroes de grandes gestos, sino más bien de la lógica del sentido común.

'El otro lado de la esperanza': solidaridad individual donde falla la sociedad

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Una mirada crítica y ciertamente desesperanzadora del país como colectivo, pero en cierto modo tierna y entrañable en la individualidad de sus gentes con sus particulares luchas por la supervivencia cotidiana y mediocre. Un canto a la solidaridad que confiere a las personas su condición humana.

En un arrebato de contención nórdica y fiel a sus formas, Kaurismäki nos conduce en su cruzada particular para lidiar con algo que a sus personajes, como al colectivo europeo, les viene grande. Con una fotografía muy contrastada y de luces duras, el director nos adentra en una historia sin buenos ni malos, donde la calidez humana choca con la frialdad del árido paisaje, transfiriendo a la película una atmósfera muy particular.

Con un distanciamiento emocional insólito, presenciamos en una mezcla entre impotencia y ternura la torpeza sentimental de unos personajes muy kaurismäkianos y de expresión anestesiada, en una paradoja de la inmadurez emocional de una sociedad adormilada e incapaz de empatizar como colectivo.

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