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John Carpenter: 'Halloween', el terror convertido en arte

John Carpenter: 'Halloween', el terror convertido en arte
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‘Halloween’ (id, John Carpenter, 1978) arranca con un sensacional plano de cuatro minutos de duración, y concluye con una desaparición imposible que representa, en sí misma, la esencia del cine de Carpenter: la total suspensión de incredulidad, cimentada por una narración impecable y siempre coherente, que no se aparta ni un ápice del camino trazado, de un ascetismo y una precisión formidables. En su tercer largometraje, tras las positivas experiencias de la ínfima pero inolvidable ‘Dark Star’ (id, 1974) y de la barata pero intensa y desasosegante ‘Asalto en la comisaría del distrito 13’ (‘Assault on Precinct 13’, 1976), Carpenter vuelve a dar lo mejor de sí mismo en una película que, en sí misma, inventó un subgénero, demostró que con muy poco se puede hacer mucho, contando con la imaginación y las herramientas narrativas bien aprendidas, y arrasó en taquilla, construyendo un hito que muchos han intentado emular en los últimos treinta años, pero que muy pocos, o ninguno, se ha acercado siquiera a este terror convertido en arte, en el que cada mínimo elemento en pantalla es el más importante, y en el que la austeridad, como sucedía en su película anterior, se transforma en una virtud.

Se puede decir que los tres largometrajes de Carpenter en los setenta son una escalada, tanto estética como en presupuesto, para afianzarse completamente en los ochenta. Tampoco es que manejara cantidades exorbitantes, pero de los sesenta y pico mil dólares que costó su primera película, hasta los trescientos veinticinco mil de la tercera, va un trecho considerable. Por otro lado, da la impresión de que Carpenter no necesitaba más, y de que es capaz de exprimir hasta el último centavo para hacer la mejor película posible a partir de un material dado. ‘Halloween’ jamás será considerada como una película gigantesca, ni competirá con filmes considerados como de prestigio. Ni falta que hace. Los que la disfrutamos como la pieza magistral que es también nos damos cuenta de lo poco que ha envejecido, y del gran talento visual y sonoro que contiene, un talento al servicio de una historia fantasmagórica, una legendaria ‘dark fantasy’ tan breve como poderosa, que te atrapa desde el primer fotograma y permanece contigo mucho después de haber terminado sus noventa minutos de ingenio. Ingenio, por otra parte, inspirado por una sola cosa: la fascinación por el mal.

Llevar ‘Asalto en la comisaría del distrito 13’ a varios festivales europeos le sirvió a Carpenter para que la película fuera valorada en su justa medida, y para conocer inversores que, a la postre, pondrían el dinero necesario para el tremebundo exitazo que sería ‘Halloween’. En Milán, conoció al productor independiente Irwin Yablans, y al inversor Moustapha Akkad. Ellos hicieron realidad una historia que Carpenter, junto a su entonces pareja Debra Hill, habían escrito sobre un psicópata, y que habían titulado ‘The Babysitter Murders’, y que por recomendación de Yablans fue situada en la noche de Halloween, y finalmente titulada originalmente ‘Halloween’. Carpenter recibió la escasa cantidad (aún entonces) de diez mil dólares por dirigir, escribir y poner la música de la película, mientras que Donald Pleasence, en cambio, se embolsó veinticinco mil dólares, que representaban una gran parte del presupuesto. Para la chica protagonista, la remilgada Laurie, se contrató a la por entonces desconocida, y que luego se ha revelado una actriz maravillosa, la hija de Tony Curtis y Janet Leigh, Jamie Lee Curtis. El rodaje fue de locura: tan solo veintiún días de la primavera de 1978, en una zona residencial de Pasadena. Pero mereció la pena.

La maestría visual de Carpenter

La historia de ‘Halloween’ es mínima: a los seis años, Michael Myers lleva a cabo un horrendo asesinato contra su propia hermana; quince años después se escapa de la prisión mental de la que era convicto, regresa a su antiguo barrio, e inicia una ola de crímenes. Nada más. Después del aterrador prólogo, todo se desarrolla en unas pocas horas de una sola jornada, en un espacio reducido (la típica zona residencial), y con muy pocos personajes, acechados por la figura ubicua y casi etérea del asesino. Sin mayores explicaciones, ni trasfondo psicológico de los caracteres, ni la menor necesidad de romper ese núcleo dramático, en el que las tres unidades clásicas (el espacio, el tiempo y la acción) se respetan al máximo, gracias a un guión muy sencillo e inteligente, a un dibujo de personajes sin demasiadas complicaciones y a una puesta en escena cuyos rasgos, de una nitidez apasionante, confirman que Carpenter tiene cine en las venas. Y cine del noble y del bueno, porque incluye lo sobrenatural con sublime simplicidad, basándose en lo que se ve y cinco segundos después no se sabe si se ha visto, sin tomar jamás por idiota al espectador.

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La portentosa fotografía del prolífico Dean Cundey, operador californiano que a sus sesenta y cinco años sigue trabajando sin parar y continúa siendo uno de los más respetados de la industria norteamericana, y el magistral sentido visual de Carpenter, se basan en dos aspectos fundamentales: el más que notable uso del scope 2.35:1 (con gran amplitud focal y profundidad de campo) y la elaboradísima iluminación nocturna, en la que los gélidos exteriores se oponen a los cálidos interiores (otra vez la amenaza exterior luchando por invadir la placidez interior), y en la que cada sombra, cada luz, cada contraste, parece milimétricamente estudiado, con el anhelo de que el espectador se ponga a buscar como loco por el plano, a ver si esta vez es más listo que el director o, por contra, Myers también le sorprende a él. A todo ello se une un empleo de la cámara en mano incréiblemente fluido y dinámico, con la que tienen lugar algunas tomas muy largas que ralentizan y estiran el tiempo hasta el límite de la inquietud. Como en el audaz y complejo plano inicial, filmado con uno de los muchos angulares que tendrán lugar en la película.

La presencia (o ausencia) de Michael Myers en el plano, es la verdadera protagonista de la película, y a partir de esa presencia o ausencia, se deducen la composición de los planos y lo enrarecido de la atmósfera. Una atmósfera, por otro lado, tan trabajada y tan ambigua, que la crítica no se ha cansado de buscar metáforas en este relato, desde la crítica a la burguesía acomodada, hasta los fantasmas de una sociedad construida desde los resortes de la violencia. Bajo mi punto de vista, a Carpenter las parábolas no le interesan en absoluto, y mucho menos comparadas con lo que le interesan la historia y las formas del cine como expresión dramática y dinámica definitiva. El fantasma asesino de Myers es una excusa gracias a la cual se permite a sí mismo jugar con la dilatación del tiempo, con los resquicios físicos del plano, con las grietas en las que lo creíble deja paso a lo increíble. Myers parece decidir cuándo se le va a ver, y cuándo no, y Carpenter va a cambiar de punto de vista (de las víctimas al asesino) cuando le venga en gana, obligándonos a ser partícipes de algunos asesinatos, inoculándonos, con oscuro placer, el poder de un invencible demonio, moldeando las sombras a su gusto.

Hay imágenes absolutamente imborrables en este ‘Halloween’: Myers observando a Laurie, que a su vez le observa a él desde la ventana, viéndole inmóvil entre la ropa tendida en el jardín; Myers asomando detrás de un seto a unos cuantos metros, ocultándose, desapareciendo después; Laurie, agotada, incapaz de darse cuenta de que Myers resucita y se levanta tras ella; Myers disfrazado de fantasma, con perverso y espeluznante sentido del humor, y con las gafas de su última víctima puestas delante de los agujeros de la sábana; Myers como un espectro, una sombra recortada contra la fachada iluminada de la casa; el breve momento en que Myers se quita la máscara y el climax final, con la última espeluznante desaparición; los planos finales, ausentes de personajes y de vida. Carpenter se toma muy en serio un relato que quizá en manos de otro director hubiera resultado menos seria y menos imponente, y dirige muy bien a los actores, mientras viste la secuencia con una música minimalista pero muy eficaz, que sin duda recuerda ligeramente a la de ‘El exorcista’ (‘The Exorcist’, William Friedkin, 1973), pero mucho más psicótica y desoladora.

Conclusiones

Incontestable filme mayor de Carpenter, que se erige como una joya del terror, entendido este como forma suprema de acción y estilización, de todos los tiempos. Llegó a recaudar, sólo en su país, casi ciento cincuenta veces su coste. En comparación, otras de la misma saga, que parece eterna, y otras sagas que parten de ella, no contienen ni un gramo de su elegancia y su contención, pues apenas vemos sangre y el buen gusto se extiende hasta en los momentos más siniestros. Carpenter ya había encontrado la senda que, con mayor o menor acierto, seguiría en la década de los ochenta, no sin antes filmar sendos trabajos televisivos, en uno de los cuales conocería a su actor más querido y representativo: Kurt Russell. Después llegaría uno de sus filmes más injustamente infravalorados, del que hablaremos dentro de poco.

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