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'La ciudad de las estrellas - La La Land', en clave de pasión
Críticas

'La ciudad de las estrellas - La La Land', en clave de pasión

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En la que probablemente sea la escena más crucial de ‘La ciudad de las estrellas – La La Land’ (Damien Chazelle, 2016) —a partir de aquí me referiré al film por su título original, que por cierto es el que afortunadamente todo el mundo está usando— el personaje de Emma Stone sentencia que la gente ama ver a otras personas haciendo lo que les apasiona. Es una de las claves del éxito crítico y de público de la tercera película de Damien Chazelle, cuyo discurso empezó allá por el 2009.

Como dicen varios críticos de los muchos que ya se han lanzado apasionadamente a escribir sobre la que es la película de la temporada, ‘La La Land’ es un film que puedes defender por todo lo alto —tiene virtudes visibles para ello— o hundirlo en la miseria —tiene defectos visibles para ello—, puesto que ahora, en este mundo crítico que vivimos, las películas tienen que ser obras maestras o bodrios. El consumo rápido obliga a este tipo de ejercicios que vienen muy bien a la hora de vender una película.

Del glorioso pasado al triste presente

Pues ni una cosa ni otra, y si tuviera que decantarme por uno de los dos bandos, me inclinaría hacia el de las obras maestras, aun teniendo en cuenta que el paso del tiempo es el que ha determinado muchas veces cuando ese término se ha usado inapropiadamente o como aviso de que debe ser usado. En cualquier caso, Chazelle demuestra saber muy bien lo que hace. Su film habla del pasado y del presente, usa el musical y el jazz como meras excusas, enfrentando la época del Hollywood de los sueños con un presente totalmente amargo.

Así divide el film en dos partes tal vez bien diferenciadas, y también no del todo bien equilibradas. Una primera donde se evoca el musical de antaño —aquel que va desde el Busby Berkeley de ‘La calle 42’ (‘42nd Street’, Lloyd Bacon, 1932) hasta ‘Corazonada’ (‘One From the Heart’, Francis Ford Coppola, 1982)— con innumerables referencias, todas muy bien colocadas, con las que Chazelle se revela como un apasionado cinéfilo amante de títulos míticos de Alfred Hitchcock, Michael Curtiz o Robert Siodmak. Nada que objetar a pesar de cierta condescendencia en las referencias. Hay pasión.

Cuando utiliza el jazz para sostener su discurso, Chazelle se revela de nuevo como otro amante de jazz, aunque la música que muestra es asequible, cayendo precisamente en lo que critica con el personaje de John Legend, al que le hace afirmar una falacia enorme sobre la tradición y lo revolucionario citando tendenciosamente a músicos como Thelonoius Monk. Lo mismo que Chazelle hizo con Charlie Parker en ‘Whiplash’ lo repite aquí con Louis Armstrong en un diálogo verdaderamente estúpido. No me importa. Hay pasión.

Amamos ver a Chazelle haciendo lo que le apasiona

El joven director es muy consciente de que a estas alturas no puede inventar nada nuevo en un arte que lleva más de un siglo mostrando sus herramientas cambiando con cada nuevo paso; y mucho menos cuando mucho de lo realizado anteriormente cuenta exactamente lo mismo y mucho mejor, tal vez por eso llena el film de infinidad de referencias bien visibles. Su operación es muy similar a la realizada cinco años antes con ‘The Artist’ (íd., Michel Hazanavicius, 2011) y el cine silente, y tal vez le pase lo mismo que aquélla, que envejezca rápidamente, pero sólo por establecer un diálogo entre lo viejo y lo nuevo, Chazelle merece un aplauso mayor.

Que la historia de chico conoce chica está más que vista —una de las referencias más recientes es, sin duda, ‘Once’ (íd., John Carney, 2006)— ya lo sabemos todos, pero es innegable la excelente química entre Ryan Gosling y Emma Stone. A él le llega con su mirada triste y su pose física para definir todo su personaje, un soñador tan apasionado como derrotado. Ella sencillamente brilla, semeja una de esas estrellas de la canción central, teniendo más lugar para el lucimiento, caso del momento de la audición con la actriz sosteniendo por completo el plano.

En la más apasionante película dirigida por Mel Gibson su archifamoso personaje asegura que hace todas las cosas nuevas, frase que no debe tomarse en sentido literal, más bien como un recordatorio de las cosas buenas, o auténticas, que suelen olvidarse. El nuevo Mesías de Hollywood ha hecho lo mismo, al menos en lo que a la pasión se refiere. Sumado a la reciente moda de la nostalgia, no se apoya en ella para triunfar, sino que enfoca su pasión hacia ella, logrando que el film funcione por completo e incluso emocione.

Irresistible

Si bien ese punto emocional, digamos cardinal, puede ser cuestionado con total legitimidad, no seré yo el que lo haga a pesar de las irregularidades del film. ¿Por qué? Ya conocéis la respuesta los que habéis disfrutado de la película. A través de un envidiable montaje Chazelle nos propone un viaje primero de ensueño, luego realista, al que le sobra planteamiento y le falta reflexión, escondiendo secuencias tan intrigantes como la conversación frente a un grupo de jazz en la que los dos actores parecen improvisar, con la pasión apareciendo entre plano y plano.

No se puede negar la enorme efectividad del director a la hora de planificar o mover la cámara —el plano secuencia del inicio, con todos sus trucajes, es un claro ejemplo—; tampoco el saber construir un relato destinado a la audiencia actual, con elementos narrativos totalmente clásicos, dotando algunas secuencias de una belleza extrema, y un crescendo dramático, si acaso forzado en su vital punto de inflexión, pero que concluye por todo lo alto con una sabia mezcla de música e imagen.

Le quitará todos los Oscars a la que considero es la mejor película del 2016, pero no me importa, y menos cuando en esa fiesta del cine se han cometido injusticias todos los años desde 1929. Chazelle me ha contagiado su alegría, me ha hecho bailar en la butaca y el tema central no sale de mi cabeza. Por mí como si revienta el récord de once Oscars, el logro de su director es mayor que un puñado de premios.

Posdata con spoilers:

Mia y Sebastian se ven por primera vez en un atasco, ella le hace un gesto despectivo. Sus vidas están en punto muerto, atoradas… Él le devuelve otro gesto en el impresionante final tras toda una serie de encuentros y sueños que exigieron el mayor de los sacrificios, la excelente música de Justin Horwitz aumenta de volumen y un esplendoroso The End inunda la pantalla como antaño mientras Chazelle hurga en nuestro lacrimal.

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