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'Las vidas de Grace', el dolor compartido

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‘Las vidas de Grace’ (‘Short Term 12’, Destin Daniel Cretton, 2013), segunda película de su director tras la inédita por estos lares ‘I Am Not a Hipster’ (2012), da comienzo y concluye con una secuencia más o menos idéntica. Delante de un centro de acogida de adolescentes con todo tipo de problemas, algunos de los instructores, o guiadores, hablan distendidamente sobre gente del lugar, con cierto tono cómico. La tranquilidad del momento se ve interrumpida por un chico que sale del lugar corriendo y gritando, y al que tiene que perseguir para devolverlo al centro.

Esos dos instantes gemelos marcan el inicio y final de la película en sí, pero al mismo tiempo indican una repetición de esquema vital, de la rutina diaria, de que ciertas cosas no cambiarán nunca, o simplemente necesitarán más tiempo para ello en caso de hacerlo. En medio de ello, Cretton se arriesga muchísimo al juguetear, y manejar con mano firme, los elementos del cine indie. Esa cámara tambaleante, que en muchos casos a mí me cansa sin remedio, se torna aquí íntima con sus personajes, a los que sigue muy de cerca, sobre todo al principal, la Grace del título español.

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Grace es una de las guiadoras en ese centro, posee un pasado problemático y su redención, por así llamarla, está en cuidar y aconsejar a todos los jóvenes que pueda, y que no poseen otro apoyo que dicho centro y los que allí conviven. Un centro con las puertas abiertas en cuartos en los que una cámara indie, pero segura de sí misma porque tal vez Cretton sabe muy bien de lo que habla, entrará sin violencia y con mucho tacto a desvelar algunos de los secretos inconfesables de los que allí habitan. Todo ello mientras Grace intenta superar su propio trauma cuando descubre que pronto será madre.

Y Cretton sabe de sobra que el material que maneja es peligroso, arriesgado y susceptible de caer en todos los tópicos tramposos habidos y por haber, y más en un tipo de cine como el indie, donde es muy fácil dar gato por liebre. Pero Cretton que lo que cuenta también es importante, y en una demostración de sutileza e ingenio marca un stop en dos secuencias fundamentales del film. Una desvelará la pérdida de la inocencia a través de la historia, narrada en dibujos, de un pulpo. Una forma de hablar de algo a lo que el personaje, una adolescente, no es capaz de llamarlo por su nombre, el que el espectador pronuncia para sus adentros una y otra vez.

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Una cámara cercana

La segunda secuencia, pone a otros de esos adolescentes callados, hundidos, que están recomponiendo sus vidas, desvelando el gran dolor de su vida a través de un rap que deja literalmente con la sangre helada, por inesperado y al mismo tiempo coherente. De nuevo la cámara de Cretton se acerca al rostro de su personaje, secundario, pero al igual que el resto, vital, y lejos de juzgarle, nos desvela la verdadera cara de alguien que habla de su dolor como mejor sabe. Y ahí ocurre un milagro, de esos que ya no se dan en el cine, el espectador, tal vez en boca de unos de los personajes centrales, no sabe qué decir.

Porque una de las cosas que demuestran ‘Las vidas de Grace’ es que no existen palabras para consolar ni paliar ese tipo de dolor que corroe por dentro a sus personajes, que incluso con compartirlos tampoco llega, ni siquiera disminuye el dolor. Al igual que Jasmine, personaje que a Grace le recuerda a ella misma cuando era más joven, deben ser ellos los que deciden continuar, aceptando su desgracia, y seguir caminando como diría Kipling, sin un solo lamento por lo perdido. La madurez aprendida y asimilada antes de tiempo, a través del dolor y la inocencia literalmente violada.

En todo ese universo de personajes que pueblan el centro de acogida, destaca, cómo no, Grace, a la que interpreta una muy inspirada Brie Larson —vista también en otra cinta indie reciente de cierto prestigio, ‘Aquí y ahora’ (‘The Spectacular Now’, James Ponsoldt, 2013)— cuya comunión con la inquieta —no tanto como parece— cámara de Cretton, que no deja de mimarla, alcanza su máxima expresión en el instante de ver al ser humano que lleva dentro, y en una peligrosísima secuencia en la que se tocan temas como el aborto, el rostro de Larson, captado a la perfección por esa cámara, descubre unas lágrimas que no son más que verdad liberada y que durante mucho tiempo estuvo encerrada. La de elegir la vida.

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