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'Los Cronocrímenes', en el negro abismo de tus deseos

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Veraneando con su esposa (Candela Fernández) en las postrimerías del verano de 2006, Héctor (Karra Elejalde) observa una escena extraña.: una preciosa y seductora joven se desnuda (Bárbara Goenaga) ante la mirada de sus prismáticos. Pronto conoce a un extraño científico (Nacho Vigalondo) y tiene la posibilidad de viajar en el tiempo, iniciando una serie de carambolas llenas de imprevistos.

Debut en la dirección de Nacho Vigalondo, esta fascinante película, dirigida en 2007 y estrenada en 2008, es una de las más felices que ha dado el cine español más reciente de ciencia ficción. La premisa parece de Brian DePalma, en concreto una variación castiza de ‘Doble Cuerpo’ (Body Double, 1984), pero sus giros que implican, ciertamente, un hábil y brillantísimo mecanismo narrativo que da uso de viajes en el tiempo, tan audaz como hábilmente desconcertante en sus decisiones estilísticas, mantienen el cerebro del espectador entregado al enigma y a sus tentativas de asesinatos y asesinos, todos ellos cruzados en un relato brillantísimo.

En el Sueño de la noche de San Juan, Shakespeare pone en la inteligencia de Helena esta memorable observación “El amor no mira con los ojos sino con la mente”. ¿De qué habla el sabio bardo inglés? Habla, por supuesto, del deseo. Fue Lacan quien observó la “labilidad” del deseo ¿A quien desea Héctor? Vigalondo narra de un modo fascinantemente anticlimático su intercambio sexual con su esposa, cayendo Héctor víctima del polvo, desinteresado, moviéndose la cámara hacia su mano, pasiva.

Cuando aparece la atractiva joven, encarnada por una magnética Bárbara Goenaga, Héctor tiene un deseo. Pero ¿cuales son las consecuencias de ese deseo? No hay tormento romántico cuando se usa la mente, y por eso la Helena de Shakespeare descarta a los ojos y prioriza la mente.: porque en el deseo y en la imaginación transcurren sus mayores objetivos y en la comedia shakesperiana el amor se encuentra con muy diversas acepciones que provocan enredos.

Héctor resuelve su enredo cambiando lo que ha decorado su mente, y con ello, su amor. En el desgarrador final, quedan las cosas conocidas, la tranquilidad fatídica de un hombre abandonado de toda intervención. Al fin y al cabo, en Mucho ruido y pocas nueces, por no salir de Shakespeare, supimos que algunas veces Cupido mata con flechas, otras con trampas. De lo que aquí se trata es de encajar tanto las piezas de guión, que posibilita una narración circular bastante poco convencional, como de comprender el siniestro diagnóstico que hace Vigalondo sobre la relación de un hombre con sus deseos y la voluntad de cumplirlos.

He visto ya ocho veces esta película. Todavía sigo descubriendo cosas brillantes y nuevos hallazgos en su estilo. Vigalondo emplea elegantes movimientos de cámara, siendo el más naturalmente memorable el plano secuencia final con el que cierra la película a modo de irónico repaso a lo que es una evidencia de su naturaleza imaginativa.: es capaz de desarrollar las tramas más absolutamente complejas en clave microscópica, despojándolas de su naturaleza más espectacular, enfatizando así la inteligencia.

La ciencia ficción de Nacho Vigalondo cree, por eso mismo, en el significado y en la potencia narrativa de sus ideas e imágenes, es por eso que su propuesta, de ajustado presupuesto, se vive antes como una película ideal al ajustar ambiciones y resultados que como una película que ansía cualquier escena que no pudo ser rodada y que son las que suelen contar la mofa más habitual del público.


Vigalondo usa la cámara al hombro para cuando Héctor se siente atacado, pero sus movimientos son sobrios, hay saltos que evidencian un uso muy inteligente del punto de vista (por ejemplo.: el plano que se eleva mientras Héctor repite un movimiento que recuerda haber sucedido es especialmente inspirado), obra planos secuencias que no siempre se perciben en su complicación (costumbre heredada, sospecho, del mejor Dario Argento) y decide dar un uso identificado a todos los espacios de la película (la casa, el laboratorio, el jardín) como a las vestimentas (la memorable momia rosa, las tijeras, la gabardina roja) en costumbre bien aprendida de otros maestros.

La excelente fotografía corre al cargo de Flavio Martínez Labiano, colaborador habitual del primer Àlex de la Iglesia, la banda sonora tienen un tema compuesto por el también cineasta Eugenio Mira, una canción blues de Ultraplayback y la magnífica y conmovedora Picture This de Blondie ofrece el cierre. Los muy estupendos Arrizabalaga y Biaffra realizaron un trabajo muy imaginativo en la dirección de arte. El montaje, excelente, es de José Luis Romeu. La película es ya un clásico, uno, además, de genuino culto y justa revaloración, la clase de tesoros que la cinefilia ofrece en contadas ocasiones.

Más escéptica se mostró Beatriz en su reseña.

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