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'Pesadilla en Elm Street (El Origen)', abre los ojos

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Cuando Dean (Kellan Lutz) fallece repentinamente, acosado por el miedo a quedarse dormidos, Nancy (Rooney Mara) y sus amigos se ven atrapados en una trama con un extraño y letal asesino de sueños llamado Freddy Kruger (Jackie Earle Haley).

Ha venido siendo costumbre que Platinum Dunes, la productora que dirigen Michael Bay y Brad Fuller, agarre clásicos de los setenta y ochenta y los relance en una clave mayoritaria, con rostros televisivos y jóvenes y con una apuesta estética cercana a la de los videoclips. Su primer remake fue muy afortunado, debo decir.


La subestimada versión de 2003 de ‘La Matanza de Texas’ (The Texas Chainsaw Massacre, 2003) descubrió el talento irregular de Marcus Nispel al tiempo que inició una ruta de remakes bastante desafortunada y con una serie de películas originales, como ‘La semilla del mal’ (The Unborn, 2009) directamente ridículas. Una entrega más de Amytiville, como la tosca ‘La morada del miedo’ (The Amityville Horror, 2005) o una insípida versión de ‘Carretera al infierno’ (The Hitcher, 2007) están entre sus títulos más olvidables mientras que en ‘Viernes 13’ (Friday the 13th, 2009) demostraron que ni siquiera con su director más afortunado, el citado Nispel, podían conjurar de nuevo ese intermitente estado de inspiración y conocimiento de causa.

La que nos ocupa es, indudablemente, la propuesta más ambiciosa junto a la revisión del universo de Leatherface y sus parientes ajados.: ‘Pesadilla en Elm Street’ (A nightmare on Elm Street, 1984) es no solamente una todavía muy recordada película de Wes Craven sino también una de las sagas más recordadas e icónicas de los ochenta. La saga, para mí, tocó el cielo con la tercera y cuartas entregas, muy solventes por razones muy distintas: si en la tercera el drama adolescente adquiría un relieve emocional denso y el escenario de los sueños era una versión afortunadísima de las dinámicas de la Patrulla de X-Men de Claremont, en la cuarta Freddy Kruger era poco menos que el portador de una sátira de los medios de masas que comandaba el talento visual enloquecido de Renny Harlin.

Así que ¿cómo adaptar a Freddy Kruger para los nuevos tiempos? La pregunta es notable. El monstruo original, un hombre quemado que haría pagar a los hijos de sus justicieros por sus pecados, ha sido sustituido por otra imagen notablemente más siniestra. Y esa es la del abusador de niños, el Kruger contemporáneo existe como pedófilo, algo que solamente se insinuaba en las entregas anterior, pero que jamás fue explícito.

¿Y cual es el resultado? Una película dirigida con efectividad, con mayor de la habitual, por el realizador de videoclips Samuel Bayer que cuenta con una solvente actuación de Rooney Mara, perfecta como una versión de Nancy absolutamente pálida, aislada y con una actitud opuesta a la chica bella original, encarnada por Heather Langekamp. Thomas Dekker y Kyle Gallner completan el reparto mientras que Haley está eficaz, pero su Kruger no asusta.

De hecho, el problema de la película es que resulta mucho más turbia cuando narran el pasado de este nuevo Kruger, cuando los protagonistas indagan, literalmente, en la psicosis colectiva que supuso su abuso y en la relación compleja con su propio pasado, convenientemente oculto por sus padres mientras descubren las intenciones de su perseguidor.

Pero, en cambio, las secuencias de sueños son mera rutina, cuerpos acumulados, poco inspirados chistes del villano y rutinarias situaciones, incluso en las todavía más manidas reapariciones del monstruo. Si hubiera escogido ser una pesadilla más cercana al horror de los sueños, es muy posible que este Kruger se hubiera reinventado de modo satisfactorio. Pero falla. Claro que también el original de Craven nunca fue tan bueno, apenas una ingeniosa película adolescente cuyo clímax final es también demasiado abrupto a las situaciones tensas.

El problema, estimo, en que la película quiere complacer a los viejos seguidores de la saga y ofrecer algo relativamente digerible para el nuevo público de la serie. El resultado es derivativo, como si estuviéramos ante un zombificado animal hecho de pedazos de otras películas, de otras situaciones, que no se decide y que solamente levanta el vuelo por algunas secuencias impactantes, de una rara belleza que no suele darse ya en el cine de terror contemporáneo, y por la actuación de la envolvente Mara, perfecta en su rol. Es entretenida, pero todos sus apuntes de personajes e incluso de situaciones entre vigilia y sueño deberían haber sido mucho más imaginativos.


Un decepcionado Caviaro dejó escrito que Michael Bay se cargó a Freddy Kruger. Contundente, como poco.

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