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'Que Dios nos perdone', tardes para la ira
Críticas

'Que Dios nos perdone', tardes para la ira

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Cuando la resaca de los Oscars aún continúa —convertida en centrarse en el error que se cometió al final de la gala en lugar de valorar la importancia del premio— me acuerdo de los Goya, que fueron hace poco y ya parecen lejanos. En la misma Roberto Álamo, al recoger el premio a mejor actor principal, señaló ‘Que Dios nos perdone’ (Rodrigo Sorogoyen, 2016) como la película del año. El galardón, merecido; la película, merecía muchos más. Merecía haber sido la triunfadora.

Pero es más fácil premiar la ópera prima de un actor muy querido por todos —ya tenía asegurado el Goya desde el primer día de rodaje— que premiar un thriller nada complaciente con el espectador ni con la actual sociedad española que vivimos. El trabajo de Sorogoyen brilla con una intensidad casi inesperada en alguien que antes había firmado una película como ‘Stockholm’ (2013) —interesante reflexión sobre el amor—, y que ahora se adentra en lo peor del ser humano.

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La estructura de ‘Que Dios nos perdone’ recuerda a la de films como ‘Seven’ (íd., David Fincher, 1995) y ‘Memories of Murder’ (‘Salinui chueok’, Bong Joon-ho, 2003), películas que tanto el director como Isabel Peña, guionista, han reconocido haber estudiado para ver qué funcionaba y qué no. Los problemas personales de cada personaje, en la primera, y el costumbrismo, en la segunda, son lo que han cogido de ambas películas aplicándolo a un thriller filmado en Madrid.

Un Madrid que se respira en cada fotograma; se nota que el binomio de escritores, que han demostrado una compenetración perfecta a cuatro manos, conoce su ciudad, aunque el lado que muestran no es el más amable. Es la capital de un país donde viven psicópatas de todas clases, con diferentes profesiones. Puede ser tu vecino, un policía o un asesino/violador de ancianas que se esconde bajo una bonita y afable apariencia. En ‘Que Dios nos perdone’ lo son el excepcional trío protagonista.

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Una olla a presión

Robert Álamo y Antonio de la Torre dan vida a una pareja de policías que se enfrentan al caso de sus vidas. Un asesino está matando y violando a ancianas en la capital de España, crímenes que se cometen en una gradual escala de violencia, acorde con la asfixiante atmósfera que Sorogoyen va creando. Mezclar el uso del gran angular con el querer captar cierta cotidianeidad se convierte en una insospechada herramienta formal que acrecienta todos los malsanos detalles de la historia.

Una bomba a punto de explotar es ‘Que Dios nos perdone’ —fantástico título que parece encerrar alguna que otra sutil indirecta—. Un policía con problemas de genio —soberbio Roberto Álamo, que controla al detalle sus cambios de humor—, un compañero tartamudo, observador y muy introvertido —otra prueba más del carácter camaleónico de uno de nuestros mejores actores actuales—, y un asesino cabrón y escurridizo —un Javier Pereira absolutamente sorprendente— son los dispositivos de dicha bomba, en continuo estado de presión.

Si bien hay instantes que pueden recordar a otros films —la secuencia del sótano, con uno de los sospechosos, es puro Fincher, concretamente el de ‘Zodiac’ (íd., 2007)— ‘Que Dios nos perdone’ es una de esas películas con sus influencias bien asimiladas —lo mismo que sus referentes, con herencias de tiempos anteriores— y un universo propio que nada tiene que envidiar al cine con el que siempre nos estamos comparando. Sorogoyen ha logrado superar la dichosa, y molesta, etiqueta “no parece española”.

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Desoladora y minuciosa

Peña y Sorogoyen tiene tiempo, en las dos horas que dura la película, de vestir a sus dos personajes centrales más allá de la trama central del thriller, y en lugar de caer en lugares comunes, desarrollan hasta lo indecible el tópico del policía con mala hostia, en el caso de Álamo, con el que incluso llegan a cebarse echándole encima toda clase de desgracias que estallan debido a un efecto dominó perfectamente mostrado. La traición de su compañero, el despido, la mujer, y el episodio del perro son heridas que en ningún momento ha podido evitar, tan sólo curarse de ellas.

Con el personaje de De la Torre se efectúa un muy curioso ejercicio. El personaje es el más observador de todos, aquel que se fija en los pequeños detalles que probablemente pasan inadvertidos para otros. Los hechos más importantes del film provienen precisamente de pequeños detalles. Una cadena olvidada en el lugar del crimen nos hace recodar una película de Alfred Hitchcock y otra de Richard Fleischer. El gato al que dan de comer en la calle, pero sobre todo ese ventilador que aparece en un plano y en el siguiente ya no está, invitando/obligando al espectador a fijarse también.

Esa capacidad que Sorogoyen y Peña han tenido en el libreto —el primero en la vital puesta en escena—, para hacer al espectador cómplice de lo que están narrando, pasa también por la impresionante presentación de personajes, dividiendo el film en dos partes. La primera nos presenta a representantes de la mal llamada justicia, la segunda al asesino. Ambas caminan de la mano tensando una cuerda que se romperá finalmente en un poderoso e impactante epílogo, prodigio de elipsis y síntesis.

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