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'Shotgun Stories', la ópera prima de Jeff Nichols
Críticas

'Shotgun Stories', la ópera prima de Jeff Nichols

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Esta semana se estrena entre nosotros ‘Loving’ (íd., 2016) el último aclamado trabajo de Jeff Nichols, uno de los cineastas estadounidenses más interesantes del panorama actual, mucho más que otros un poco más jóvenes y encumbrados por todo el mundo. Por eso hoy os hablo de su primera película, ‘Shotgun Stories’ (2007), la menos conocida de su filmografía, y sin embargo una de las mejores. Una historia de amor y venganza en la América del siglo XXI.

Con un irrisorio presupuesto de 250.000 dólares la producción dio comienzo en el 2004 con la mayor parte de la fotografía principal, terminando y estrenando el film en el 2007, Nichols efectúa un primer acercamiento al séptimo arte lleno de fuerza, mala leche y una capacidad de síntesis absolutamente envidiable. Un relato tan seco y directo como las obras posteriores en las que el director ha ido estilizando su estilo. Ya en el amanecer de su obra fílmica Nichols habla, entre otras cosas, de la innecesaria violencia.

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Un western moderno

Si nos adentramos en el género del western, aunque sólo sea en la superficie —tal y como haría Damien Chazelle, por ejemplo—, uno puede encontrar varios ejemplos en cuya trama hay familias enfrentadas, incluso miembros de la misma familia, con la tierra como móvil, el orgullo como pecado y la violencia como catarsis. ‘Shotgun Stories’ semeja, en cierto modo, una especie de western moderno —de esos que nunca han dejado de hacerse— en el que hijos de un mismo padre y diferentes mujeres, se enfrentan movidos por un odio irracional.

Michael Shannon, en su primera colaboración con Nichols —se trata del actor fetiche del director, teniendo en cuenta que aparece en todas sus películas—, da vida a Son, un hombre obsesionado con el juego, razón por la cual le ha abandonado su mujer, y que vive con dos de sus hermanos, soñando con un tiempo mejor, en el que las necesidades no acampen en su hogar, ya bastante desestructurado. Shannon, con su habitual laconismo controlado, se hace con el film por entero.

‘Shotgun Stories’ evoca al Terrence Malick de los inicios, al de ‘Malas tierras’ (‘Badlands’, 1973), con personajes cuyo camino puede llevarles a una espiral imparable de violencia. El pasado emerge en un funeral, en una secuencia verdaderamente difícil. Un hijo que habla mal del padre que le abandonó ante la nueva familia de aquél que lo amó profundamente, para terminar escupiendo sobre el ataúd. Un gesto que sembrará un profundo rencor en sus hermanos "desconocidos".

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La violencia que no se ve pero se siente

Nichols utiliza el fuera de campo durante toda la película. Las historias pasadas de tiroteos, y narradas de diferente forma según el orador, hablan de una violencia que no ha muerto, que permanece subyacente como mala hierba que crece en un lugar desolado y lleno de tristeza. El mismo off se usa en las escenas violentas que protagonizan los personajes, animados únicamente por un muy perjudicial orgullo. La primera, y mejor, secuencia de pelea, Nichols decide cerrar el plano cuando se abre una navaja. Sutil, sencillo y directo.

Con personajes preocupados por mantener con vida y dignidad a sus familias, sangre de la misma sangre se enfrentan mientras Nichols inserta a lo largo del film, planos del horizonte, de la quietud que parece bañar Arkansas —alguno de ellos evocando al mismísimo John Ford—, de la tranquilidad que se oculta, o que precede a la tormenta. El crescendo hacia la catarsis —la poderosa secuencia de uno de los personajes rodeado por tres hombres armados— está marcado por un lento tempo cortesía del penúltimo trabajo para el cine de Steven Gonzales.

Puede que ‘Shotgun Stories’ tenga una final con espacio para la esperanza, esa que no debe perderse jamás, y que eso choque de frente con el tono propuesto hasta ese instante, sobre todo al plantear una secuencia en la que un descuido podría haberlo echado todo a perder. O simplemente es la tranquilidad del lugar, apoderándose de los personajes, a los que encierra en un idílico plano en el que podemos apreciar a las futuras generaciones, esas en las que se ha sembrado la violencia o el sentido común.

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