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Western: 'Raíces profundas' de George Stevens
Críticas

Western: 'Raíces profundas' de George Stevens

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En una época en la que parece que las películas se turnan únicamente los calificativos de “obra maestra” y “bodrio” —con sus respectivos sinónimos, a cada cual más ilustrativo—, a un film como ‘Logan’ (íd., James Mangold, 2017) le ha tocado ser la nueva octava maravilla del momento, al menos en el período de su estreno, que suele durar unas horas hasta que llega el anuncio del nuevo gran film del momento, y vuelta a empezar.

Entre todas las referencias que la película de Mangold posee, probablemente la que más pesa es la del mítico western ‘Raíces profundas’ (‘Shane’, George Stevens, 1953). El film que terminó de sentar las bases de lo que se llamaría “western psicológico”, moda que abrió la monumental ‘El pistolero’ (‘The Gunfighter’, Henry King, 1950) y que siguieron otros como la también mítica ‘Solo ante el peligro’ (‘High Noon’, Fred Zinnemann, 1952). De hecho el film de Stevens se filmó antes pero tuvo un largo proceso de montaje, casi dos años.

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Inteligente cambio con respecto a la novela

‘Raíces profundas’ es el segundo western que filmó George Stevens, muchos años después de ‘Annie Oakley’ (íd., 1935), con Barbara Stanwyck, curiosamente una actriz que hubiese pegado muy bien en la presente, en lugar de Jean Arthur, que con esta película se despediría del cine. De hecho, está bastante mayor para el personaje, que también fue ofrecido a Katharine Hepburn. Con todo Stevens saca el mejor partido de la excelente actriz, y del resto de elementos con los que pule la mítica figura en el western del pistolero con pasado oscuro.

Para adaptar la novela ‘Shane’, obra de Jack Schaefer, el director Howard Hawks, autor de unos cuantos capitales westerns, recomendó a Stevens al escritor A.B. Guthrie Jr., ganador del premio Pulitzer, y a quien Hawks acabaría adaptando en otro western, ‘Río de sangre’ (‘The Big Sky’, 1952). Guthrie Jr. no había escrito jamás un guion cinematográfico, pero eso no le impidió firmar un muy conciso libreto en el que además introdujo algunos cambios muy inteligentes con respecto a la novela.

Por ejemplo, el aspecto de Shane en el libro corresponde a un hombre vestido de negro, con guantes, y sombrero oscuro. Esto es, el mismo aspecto que en la película lleva el villano por excelencia, Jack Wilson, a quien interpreta un inolvidable Jack Palance. En el film Shane viste de forma más amable, por así decirlo, con vestimentas que hacen juego con su pelo rubio, aunque no por ello se disminuye su aureola de misterio; al contrario, se acrecienta, sobre todo porque dicha vestimenta no cuadra con la actitud tan segura de alguien como Shane.

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Un duelo silencioso

Shane es un hombre sin pasado conocido, casi un precedente de los personajes de los westerns de John Sturges, Sergio Leone y Sam Packinpah. Alan Ladd jamás me ha parecido un gran actor, pero sí alguien capaz de resolver sin problemas este tipo de personajes, cuya aparente dureza queda bien definida por la inexpresividad de un actor más físico que otra cosa. La cualidad de personaje solitario y errante condenado por el excelente uso del revólver está matizada perfectamente por un Ladd casi hierático en expresiones pero imponente a la hora de utilizar su físico de forma amenazadora.

Basta una secuencia para resaltar lo dicho; una secuencia que daría lugar a un tipo de situación que con el paso del tiempo se copiaría hasta la saciedad. Si en un western es costumbre, o coherente, ver en algún momento una secuencia de duelo —al final de hecho vemos una portentosa—, en 'Raíces profundas’ hay una que ocurre en paralelo a una conversación entre el ranchero al que da vida Van Heflin y el ganadero Rufus Ryker (Emile Meyer) que quiere echarle de allí.

Aunque la conversación entre Heflin y Meyer es el centro de la secuencia, una serie de argumentos en los que el espectador puede entender las razones de ambos personajes, ideologías aparte, el duelo de miradas entre Jack Palance y Alan Ladd es el que realmente marca el ritmo de la secuencia acrecentando una tensión casi insoportable, que tendrá su estallido en el citado enfrentamiento final. En ese aspecto el film de Stevens posee un crescendo muy bien medido, no sólo en el aspecto violento.

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Grandes exteriores vs. interiores reducidos

También las relaciones entre los personajes, con la sugerencia del triángulo amoroso y el cariño hacia Shane del pequeño Joey —Brandon DeWilde en su personaje más popular—, van matizándose hacia el único desenlace posible, con un final ya mítico con la emoción —algo que tiene mucho el cine de Stevens— a flor de piel. Clint Eastwood lo homenajearía, al igual que toda la película, en la mucho más siniestra —por su concepción del fantastique tan bien empleada— ‘El jinete pálido’ (‘Pale Rider’, 1985).

Uno de los aspectos más llamativos de este peculiar western —para el que suscribe la mejor película de su director— es ese enfrentamiento estético entre los grandes espacios libres y los interiores reducidos. Así, el sueño de libertad y promesa de una buena vida futura para los rancheros, choca frontalmente con la claustrofobia de los interiores, sobre todo la taberna en la que tienen lugar una larga pelea y también el duelo final. Stevens filma ambos espacios de formas muy diferentes, planos generales en los exteriores, planificación rebuscada e imposible en los interiores.

‘Raíces profundas’ sigue manteniendo su condición de clásico incólume, aunque detractores no le faltan. Habla sobre la identidad, el poder de la familia, la ayuda al necesitado, la eterna diferencia/enfrentamiento entre los poderosos y los más débiles, y cómo los primeros echan mano de todo tipo de argucias para someter a los segundos. También de la mal entendida justicia, de la educación —la madre de Joey interrumpiendo cómo Shane enseña a éste a disparar— y de la triste, y poética, necesidad de violencia cuando la injusticia echa mano de ella.

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