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Ridley Scott se carga su mundo 'Alien'.

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"Como el juguete es mío, lo jodo yo", parece que nos ha dicho el veterano realizador con su última entrega de la franquicia del xenomorfo, la recientemente estrenada 'Alien: Covenant' (2017). Tras jugar al despiste en entrevistas, cambiarle el título al film, capar toda posibilidad de proyectos alternativos con el mundo del mítico alienígena, bombardearnos con clips, promos y demás, por fin el pasado viernes eclosionó la cosa. Decepcionante en muchos aspectos, y lo que es peor, completamente desnortada la saga y arrastrando ya por el suelo la propia esencia del aterrador monstruo que nos deslumbrara allá por fines de los setenta.

Scott se ha debatido claramente en esta película entre dos caminos, y ante la duda al final ha decidido andar un rato uno, y luego el otro, ignorando cuál es el punto de destino —el propio director lo evidencia al hablar de lo que queda teóricamente, en forma de films, para unir esta línea nueva con su 'Alien' (1979) original— y olvidando el trecho de marcha recorrido hasta la fecha. No obstante, el evidente y mayor interés por ese camino en una de las vías se trasluce en la propia película, en forma de sus imágenes, personajes y conceptos o ideas tratados. Y lo hace de un modo tan palmario que parece por un lado una disculpa o un reintento de arreglar aquel prometeico desaguisado, pero por otro un sostenella y no enmendalla. A todo esto, le une casi una especie de repetición de escenas, situaciones, ideas tanto de 'Alien' como de 'Aliens'. Pero sin ninguna convicción o esmero, casi como por cumplir el expediente, o para evitar que le acusaran de olvidarse de la estrella de la fiesta hasta ahora, el desagradable y temible alienígena.

Así, en un principio retoma su anterior y más bien desastrosa 'Prometheus', pues 'Alien: Covenant' es secuela inmediata, y en la primera hora nos parece repetir algo de aquella, y aclararnos y resolvernos algunos aspectos (otros por contra siguen igual de confusos, o ahora parecen importar nada) que se abrían en ese ahondar sobre algo que nadie pidió jamás: los orígenes de las criaturas asesinas y de aquel extraterrestre fosilizado llamado space jockey. Que luego serían los llamados ingenieros, por su relación con el surgimiento de la vida, tanto humana como alienígena. El problema es que ahora se ha cansado de esos misteriosos y enigmáticos seres que nos presentara en la anterior entrega, y los elimina de la ecuación de un modo grosero —en una breve pero espectacular secuencia— para ahora darnos un nuevo origen a la raza de demonios extraterrestres.

Y ese origen no convence un pimiento, la verdad. Probablemente Scott lo sabe, o no tiene claro todavía cómo desarrollarlo en próxima/s película/s, así que decide casi salomónicamente dedicar la segunda parte de la película a repetir el planteamiento original de slasher galáctico, con algún "recado" también a los 'Aliens' de Cameron. Esto sin duda para cubrirse las espaldas de paso, agradando al fan. Pero ocurre que casi todo tiene un tufo déjà vu, un aire rutinario, una desgana y falta de fuerza inusuales en un director al que eso es lo mínimo que le presuponemos haga lo que haga. De hecho, aunque el acabado sigue siendo de primera, un paso atrás evidente de 'Covenant' con respecto a 'Prometheus' es que esta última lucía bastante mejor, y con mejores efectos. Había escenas y personajes idiotas, sí, pero bastante mejor realizadas y más impresionantes. Aquí quitando un par de momentos logrados, todo es soso, a veces confuso, casi siempre poco impresionante, o ya visto. Incluso otra vez se cae en algunas secuencias lamentables, o agujeros argumentales cantosos, incapaces de mantener ese temor y respeto que nos infundía el xenomorfo.

Tras 'Covenant', el alien ha perdido su misterio, su misticismo, su capacidad para infundirnos miedo desde el desconocimiento de su naturaleza. Ahora la temible bestia es casi el fruto accidental de cualquier cosa —por si fuera poco, Scott se salta, o destruye, sus propios cánones— y pasa a ser del elemento esencial de la función a un mero enlace para llegar al final de un viaje. Un viaje de recorrido y destino inciertos, a paradises, awakenings o sabe dios qué. Para el que no hacían falta ni tantas alforjas ni tantos androides.

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